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Divorcio

¿Puedo divorciarme si mi pareja no quiere?

13 de junio de 2026·6 min de lectura

Hay una escena que se repite con frecuencia. Dos personas llevan meses —a veces años— atravesando una crisis. Uno de ellos llega a la conclusión de que la relación terminó. El otro no, o al menos no de la misma manera. Entonces aparece una pregunta que suele venir acompañada de preocupación: ¿qué pasa si la otra persona no quiere divorciarse?

Detrás de esa pregunta existe algo más que una duda jurídica. Existe miedo. Muchas personas imaginan que quedarán atrapadas en una situación imposible. Temen iniciar una conversación difícil y descubrir que la negativa del otro puede impedir cualquier avance. Temen verse obligadas a permanecer durante años en una relación que ya no desean continuar.

No es una preocupación menor. El matrimonio es una decisión que se toma entre dos personas, y resulta natural pensar que, para terminarlo, también deberían estar de acuerdo ambas. Sin embargo, el derecho actual no funciona de esa manera.

Una sola persona puede pedir el divorcio

La ley parte de una idea básica: nadie puede ser obligado a permanecer casado contra su voluntad. Puede parecer una afirmación evidente, pero sus consecuencias son profundas. Significa que una sola persona puede solicitar el divorcio.

No necesita convencer a la otra. No necesita su autorización. No necesita demostrar razones suficientes. La voluntad de poner fin al vínculo alcanza para iniciar el proceso.

Cuando los clientes escuchan esto por primera vez, reaccionan de formas muy distintas. Algunas personas sienten alivio inmediato. Otras experimentan sorpresa. Y algunas incluso manifiestan cierta incomodidad. Porque la pregunta aparece rápidamente: ¿entonces el otro no puede hacer nada?

Una cosa es el divorcio; otra, sus consecuencias

La respuesta requiere un matiz importante. El otro no puede impedir el divorcio, pero eso no significa que todo lo demás desaparezca. Porque una cosa es el divorcio y otra muy distinta son las consecuencias del divorcio.

Imaginemos una pareja con hijos, bienes, una vivienda familiar y años de vida compartida. El hecho de que una persona pueda solicitar unilateralmente el divorcio no significa que todas las cuestiones vinculadas a esa separación queden automáticamente resueltas. Lo que la ley evita es una situación muy específica: que alguien quede obligado a permanecer casado porque la otra persona se niega a aceptar el final de la relación. Las demás cuestiones deberán tratarse, y algunas pueden requerir acuerdos, negociaciones o decisiones judiciales.

Por eso conviene distinguir claramente dos preguntas. La primera: ¿puede una persona divorciarse aunque la otra no quiera? La respuesta es sí. La segunda: ¿qué ocurre después con los hijos, los bienes, la vivienda o determinadas cuestiones económicas? Y esa respuesta depende de cada situación particular.

Recuperar una posibilidad

Recuerdo a una mujer que llegó convencida de que llevaba años atrapada en una especie de limbo jurídico. Hacía mucho que la relación había terminado. Vivían vidas prácticamente separadas. Sin embargo, nunca había iniciado el divorcio porque estaba convencida de que su marido podía impedirlo simplemente negándose a firmar.

Cuando comprendió que no era así, ocurrió algo interesante. No salió corriendo a iniciar el trámite. No tomó una decisión inmediata. Lo que sintió fue otra cosa: recuperó una posibilidad.

Muchas veces el verdadero sufrimiento no proviene de la situación que una persona está viviendo, sino de la sensación de no tener alternativas.

Cuando alguien descubre que existe un camino posible, incluso antes de decidir si va a recorrerlo, suele experimentar una forma de alivio. La libertad tiene ese efecto. Quizás por eso el divorcio unilateral representa uno de los cambios más importantes del sistema actual. No porque promueva las separaciones ni facilite las rupturas, sino porque reconoce algo que ocurre en la realidad: las relaciones no siempre terminan al mismo tiempo para ambas personas. A veces una llega primero a esa conclusión. A veces la otra necesita más tiempo. A veces una todavía conserva esperanza mientras la otra ya no la tiene.

El derecho no puede resolver ese dolor. No puede sincronizar emociones. Lo que sí puede hacer es evitar que una persona quede jurídicamente atrapada dentro de una relación que ya no desea sostener.

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